Sobre la religiosidad.
La religión debe ser testimonio de vida, nacido de lo más
profundo de nuestra conciencia, en un afán de dignificar nuestra vida. La
liturgia y los ritos deben estar al servicio de ese testimonio, de esa Realidad
que simbolizan. Lo contrario es una forma de idolatría, “opio del pueblo”.
"La verdadera religiosidad: El sentimiento más profundo
y sublime del que somos capaces es la experiencia mística. Solamente a partir
de ella brota la verdadera ciencia. El que es ajeno a este sentimiento, el que
no puede admirarse y sumirse en un profundo respeto, ése está ya muerto en su
alma.
El saber que existe verdaderamente lo que no puede ser
investigado y que esto se revela como la suprema verdad y la belleza más
resplandeciente, de las que nosotros sólo podemos tener un ligero
presentimiento...este saber y este presentimiento son el núcleo de toda
verdadera religiosidad." (Albert Eistein).
La religión responde a nuestro más profundo sentimiento espiritual
y nos pone en comunicación con Dios, pero tiene el gran peligro (opio del
pueblo) de ser el lugar donde se conservan y transmiten, de forma idealizada,
los intereses humanos envueltos en las tradiciones que dan forma a la identidad
de los colectivos humanos.
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