¿Porqué
la homilia?
Una de las
formas del diálogo entre Dios y el ser humano tiene lugar en la
liturgia de la Misa. Concretamente en la proclamación del Evangelio.
El Evangelio o Buena Nueva constituye, además, la luz para
comprender el sentido de los textos biblicos que le preceden en las
lecturas de la Palabra en la Misa. En esos textos, ya se anticipa que
Cristo es el centro y la plenitud. Por eso, el Evangelio se escucha
con máxima atención, siempre de pie, como signo de especial
consideración. Es Jesús el que se dirige directamente a nosotros y
nos va explicando su mensaje de Verdad, basado en el Amor, la Paz
y la Justicia. Lo que Él llamaba el Reino de los Cielos.
Escuchamos
el Evangelio para tomar conciencia de lo que Jesús hizo y dijo una
vez. Su Palabra está y estará viva a través de los siglos. Pero
ese mensaje vivo se hace actual en cada momento de la historia. Y
aunque las circunstancias de esa historia varien, el mensaje está
vigente, y deberá adaptarse a la situación concreta en el tiempo.
Es en este contexto donde tiene razón de ser la homilía de la
Misa. Se trata de explicar con el lenguaje de cada época el
mensaje del Evangelio referido a cada momento, a cada tiempo y
lugar, su aplicación a nuestro día a día.
La Palabra
del Señor se hace carne en nosotros para que encuentre realización
en nuestra vida, traduciéndose en obras. Y es que la Palabra
del Evangelio debe de entrar por el oído, llegar al corazón y, por
medio de las obras encargarse de hacerse realidad en nuestro mundo.
Y así, la
homilía debe explicarnos con palabras sencillas el mensaje
del Evangelio a la luz de nuestra vida diaria. Ese es su fundamento.
No se trata de dar explicaciones teológicas profundas sino lenguaje
sencillo adecuado a todo tipo de inteligencia. Además, su mensaje
debe ser directo, claro, sencillo y breve, sin repeticiones
innecesarias. Se trata con ello de fijar la atención de los fieles
de forma directa y efectiva, haciéndonos reflexionar sobre si
nuestras vidas están en consonancia con el mensaje evangélico.
Para que
todo lo dicho tenga efectividad en nuestro ser, hay una condición
indispensable: la apertura de nuestro corazón al mensaje
evangélico que se nos transmite y actualiza en la homilía.
Entonces la semilla caerá en buena tierra y la cosecha será
abundante.
¿Porqué
la homilia?
Una de las
formas del diálogo entre Dios y el ser humano tiene lugar en la
liturgia de la Misa. Concretamente en la proclamación del Evangelio.
El Evangelio o Buena Nueva constituye, además, la luz para
comprender el sentido de los textos biblicos que le preceden en las
lecturas de la Palabra en la Misa. En esos textos, ya se anticipa que
Cristo es el centro y la plenitud. Por eso, el Evangelio se escucha
con máxima atención, siempre de pie, como signo de especial
consideración. Es Jesús el que se dirige directamente a nosotros y
nos va explicando su mensaje de Verdad, basado en el Amor, la Paz
y la Justicia. Lo que Él llamaba el Reino de los Cielos.
Escuchamos
el Evangelio para tomar conciencia de lo que Jesús hizo y dijo una
vez. Su Palabra está y estará viva a través de los siglos. Pero
ese mensaje vivo se hace actual en cada momento de la historia. Y
aunque las circunstancias de esa historia varien, el mensaje está
vigente, y deberá adaptarse a la situación concreta en el tiempo.
Es en este contexto donde tiene razón de ser la homilía de la
Misa. Se trata de explicar con el lenguaje de cada época el
mensaje del Evangelio referido a cada momento, a cada tiempo y
lugar, su aplicación a nuestro día a día.
La Palabra
del Señor se hace carne en nosotros para que encuentre realización
en nuestra vida, traduciéndose en obras. Y es que la Palabra
del Evangelio debe de entrar por el oído, llegar al corazón y, por
medio de las obras encargarse de hacerse realidad en nuestro mundo.
Y así, la
homilía debe explicarnos con palabras sencillas el mensaje
del Evangelio a la luz de nuestra vida diaria. Ese es su fundamento.
No se trata de dar explicaciones teológicas profundas sino lenguaje
sencillo adecuado a todo tipo de inteligencia. Además, su mensaje
debe ser directo, claro, sencillo y breve, sin repeticiones
innecesarias. Se trata con ello de fijar la atención de los fieles
de forma directa y efectiva, haciéndonos reflexionar sobre si
nuestras vidas están en consonancia con el mensaje evangélico.
Para que
todo lo dicho tenga efectividad en nuestro ser, hay una condición
indispensable: la apertura de nuestro corazón al mensaje
evangélico que se nos transmite y actualiza en la homilía.
Entonces la semilla caerá en buena tierra y la cosecha será
abundante.