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domingo, 15 de julio de 2018

El porqué de las homilías


¿Porqué la homilia?

Una de las formas del diálogo entre Dios y el ser humano tiene lugar en la liturgia de la Misa. Concretamente en la proclamación del Evangelio. El Evangelio o Buena Nueva constituye, además, la luz para comprender el sentido de los textos biblicos que le preceden en las lecturas de la Palabra en la Misa. En esos textos, ya se anticipa que Cristo es el centro y la plenitud. Por eso, el Evangelio se escucha con máxima atención, siempre de pie, como signo de especial consideración. Es Jesús el que se dirige directamente a nosotros y nos va explicando su mensaje de Verdad, basado en el Amor, la Paz y la Justicia. Lo que Él llamaba el Reino de los Cielos.

Escuchamos el Evangelio para tomar conciencia de lo que Jesús hizo y dijo una vez. Su Palabra está y estará viva a través de los siglos. Pero ese mensaje vivo se hace actual en cada momento de la historia. Y aunque las circunstancias de esa historia varien, el mensaje está vigente, y deberá adaptarse a la situación concreta en el tiempo. Es en este contexto donde tiene razón de ser la homilía de la Misa. Se trata de explicar con el lenguaje de cada época el mensaje del Evangelio referido a cada momento, a cada tiempo y lugar, su aplicación a nuestro día a día.

La Palabra del Señor se hace carne en nosotros para que encuentre realización en nuestra vida, traduciéndose en obras. Y es que la Palabra del Evangelio debe de entrar por el oído, llegar al corazón y, por medio de las obras encargarse de hacerse realidad en nuestro mundo.

Y así, la homilía debe explicarnos con palabras sencillas el mensaje del Evangelio a la luz de nuestra vida diaria. Ese es su fundamento. No se trata de dar explicaciones teológicas profundas sino lenguaje sencillo adecuado a todo tipo de inteligencia. Además, su mensaje debe ser directo, claro, sencillo y breve, sin repeticiones innecesarias. Se trata con ello de fijar la atención de los fieles de forma directa y efectiva, haciéndonos reflexionar sobre si nuestras vidas están en consonancia con el mensaje evangélico.


Para que todo lo dicho tenga efectividad en nuestro ser, hay una condición indispensable: la apertura de nuestro corazón al mensaje evangélico que se nos transmite y actualiza en la homilía. Entonces la semilla caerá en buena tierra y la cosecha será abundante.
 

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