Las Bienaventuranzas: la Carta
Magna del Cristianismo
Las virtudes teologales
Fe, Esperanza y Caridad constituyen la esencia del cristianismo. Fe
en Dios Padre, creador del mundo, Fe en su revelación por medio de
la Palabra encarnada en su Hjo Jesucristo y Fe en el Espíritu Santo
a través del cual Dios actúa sobre la humanidad; Esperanza en una
vida de plenitud en comunión con Dios después de la muerte; y
Caridad o Amor a nuestros semejantes que se concreta en las obras de
misericordia espirituales y corporales. El seguimiento y
fortalecimiento de estas tres virtudes lo llevamos a cabo mediante
la oración y la práctica de los sacramentos.
El cristianismo, como
camino de verdad y vida, nos enseña a discernir sobre los defectos y
las virtudes del ser humano y como debemos comportarnos para evitar
los primeros y fomentar las segundas. La norma básica de ese
comportamiento está contenida en los diez Mandamientos. Estos
Mandamientos nos muestran como evitar aquellos pecados que podemos
llamar sociales, porque atañen a nuestro comportamiento respecto a
Dios y a nuestros semejantes. . Como complemento a esta norma
fundamental, los siete pecados capitales nos alertan sobre aquellos
que debemos evitar porque atentan contra nosotros mismos y así estar
atentos a la permanente lucha contra nuestros bajos instintos y
deseos, principales fuentes de la infelicidad.
Pero la riqueza del
cristianismo no se agota aquí. Jesús nos enseñó, además, lo que
podemos considerar como la Carta Magna del cristianismo o carta de
ciudadanía del buen cristiano: Las Bienaventuranzas. Un catálogo de
conducta a seguir para alcanzar la plenitud del amor humano. Un
camino de Verdad y perfección. Hagamos un recorrido de estas
Bienaventuranzas, verdadero colorario de virtudes, según las recoge
San Mateo en su Evangelio.
Bienaventurados los
pobres de espíritu. Así define Jesús a los humildes, los
sencillos, a los que huyen de la vanagloria de este mundo, los que ocupan los últimos lugares y que serán
finalmente ensalzados.
Bienaventurados los
que lloran sea por el dolor físico o espiritual y saben
sobrellevarlo con paciencia y esperanza. Ellos serán consolados y
fortalecidos.
Bienaventurados los
mansos, poseedores de la virtud de la mansedumbre, alejados de la
agresividad, de la soberbia y del orgullo, porque cultivan la
fortaleza y la templanza en su pensamiento, palabras y obras.
Bienaventurados los
limpios de corazón, seres sinceros, íntegros moralmente, de
intención limpia en lo profundo de su ser, de pensamiento puro.
Bienaventurados los
misericordiosos que practican la compasión y el perdón, son
bondadosos, indulgentes y misericordiosos con sus hermanos.
Bienaventurados los
que tienen sed de justicia porque practican la rectitud, la
honradez, la igualdad. Son justos, compartiendo con sus semejantes. Saben ser clementes. Están
alejados de la codicia y del poder, practicando la caridad.
Bienaventurados los
pacíficos por que aman la concordia, la convivencia amable, la paz y trabajan para
extenderla por el mundo .
Bienaventurados los
perseguidos por la justicia cuando sean injustamente calumniados,
perseguidos o condenados por defender la verdad.
Bienaventurados cuando
os persigan por seguirme y ser fieles a mis enseñanzas, amando
al mundo a pesar de las adversidades y contrariedades que se
encuentren en el camino de la vida.
Estas palabras de Jesús, en el Sermón de la Montaña, constituyen un camino seguro para la santificación. Que así sea.