Sobre el Amor y el mundo.
Dios es
Amor, comunión de Amor. Es la fuente de todo Amor. El Amor es esa fuerza
espiritual, ese impulso del Espiritu, sembrado en nuestro interior por Dios al
crearnos, que nos dirige a hacer el bien para crear un mundo fraterno. Cristo
nos enseñó, en plenitud, como hacerlo en la práctica. El Amor es la razón de la vida, de nuestra vida. Por el Amor nos santificamos.
El mundo
está hecho por Dios de tal forma que sólo si el hombre actúa movido por el Amor
podrá hacerlo habitable. De otra forma, si actúa movido por el egoísmo,se
asentará sobre él el imperio del mal. La libertad sólo será de provecho para el
hombre si la utiliza para hacer el bien. Es el compromiso bíblico simbolizado
en el Arbol del Bien y del Mal.
El plan de
Dios es un plan de Amor que busca nuestra felicidad interior. Yo prefiero
llamarla nuestra serenidad interior, la única posible en este mundo. La
felicidad tendrá su plenitud en la vida sobrenatural.
El hombre
sólo puede aspirar a la felicidad si logra acceder al manantial de vida que
brota de lo más profundo de su alma.
En nuestro
tiempo, el camino hacia la santidad pasa necesariamente por el mundo de la
acción (Dag Hammarskjöld).
El dolor
humano sólo se entiende, a la luz del Amor, como camino de santificación y
purificación. En el dolor de la Cruz se muestra el Amor de Dios en toda su
dimensión.
El infierno
representa la incapacidad definitiva del ser para el Amor. El condenado es el
ser inútil para el Amor. El infierno es la nulidad del Ser (“Más le valiera no
haber nacido” que dijo Jesús).
En el amor
sincero y desinteresado se vislumbra la huella de Dios. El amor es camino de
perfección.
La plenitud
de la vida cristiana se consigue a través de la perfección del amor y santidad.
La familia
cristiana constituye la fragua del Amor de Dios.
Don Bosco:
“Lo único que hace que un chico se sienta amado y objeto de atención es estar
con él, la amabilidad y la bondad”.
La vida es
un don, pero puede convertirse en un mal si no se vive dándose, amando. El
regalo más bonito que podemos ofrecer es trasmitir la alegría del Resucitado y
la fuerza de la esperanza ante la tumba vacía. La vida en Cristo se vive desde
dentro y no en la superficie; la alegría y la bondad son su reflejo.
La cruz
sufrida por Jesús revela la voluntad de Dios de compartir con los hombres su
vida, amor y santidad hasta el extremo.
Cristo
representa la plenitud del Amor que Dios puso en lo más íntimo del corazón
humano por obra del Espíritu Santo.