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lunes, 28 de diciembre de 2015

El verdadero sentido de la Navidad

El verdadero sentido de la Navidad

MANUEL MANDIANES

El Mundo (24/12/2015)

Es interesante tratar de recuperar la auténtica persona de Jesús, lo esencial de su mensaje y lo mejor de su impacto histórico porque, a pesar de que no dejó escrita ni una sola línea, ninguna figura histórica ha ejercido una influencia mayor ni igual en la Historia de la humanidad. Muchas veces se ha presentado a Jesús como un personaje intemporal, un alma somnolienta sin recovecos y sin goces, sin deseos ni pasiones, como algo museístico, como un buey manso que cumplía cabalmente con sus obligaciones, como alguien que nunca disfrutó de la osadía de un joven porque siempre encarnó los sueños de la vejez: casi un fetiche.

Modernamente se conoce cada día mejor la persona de Jesús gracias a la historia, a la arqueología y la antropología cultural y social que sitúan a Jesús en una circunstancia determinada, en una sociedad de tradición oral que cultivaba la memoria. Es de suponer que aprendió el oficio de su padre, carpintero, pero todo indica que pronto levantó vuelo, abandonó el nido familiar y acudió a la llamada de Juan Bautista, un profeta que había desencadenado un movimiento de conversión en vista de una pronta y definitiva venida de Dios, hecho que empalma la vida de Jesús con la tradición profética de su tiempo. Su relación con aquél fue determinante para su experiencia religiosa. Se separó de su maestro y salió a recorrer los caminos de Galilea a la procura de gentes para anunciarle la proximidad de Reino de Dios. Eliminando todo aspecto escatológico y futurista de su predicación, algunos autores han presentado equivocadamente a Jesús como un sabio antisistema y contracultural. Pero tampoco es un apocalíptico iluminado que vive bajo la premura de una catástrofe inminente, como pretendieron demostrar algunos otros.

Jesús fue un judío fiel cumplidor de la ley y radicaliza algunos aspectos de la misma aunque, al mismo tiempo, relativiza algunos preceptos rituales, concretamente los que se referían al sábado -«el hombre es más importante que el sábado»-, y a las normas de pureza. Sobre todas las normas y sobre todos los rituales está el amor al prójimo (Mc 12, 28-31). Sin evadirse de la sociedad, quien acepta las normas del Reino de Dios danza siempre en el filo de la navaja. «Los últimos serán los primeros»; «El hijo del hombre no vino a ser servido sino a servir». El dinero ya no es señal de bendición divina como lo consideraba la teología rabínica sino, todo lo contrario, será el mayor impedimento para entrar en el Reino de los Cielos.

A pesar de que algunos milagros narrados en los Evangelios son fruto e invención de la imaginación popular, y otros amplificados y magnificados, es evidente que una de las características de Jesús, que ayuda a explicar la atracción irresistible que ejercía sobre quienes lo conocían, era la de curador y sanador popular. «Una gran multitud, al oír lo que hacía, acudió a él» (Mc 3, 10). Muchos estudiosos han interpretado como un desafío al orden social establecido la liberación de muchos de sus coterráneos de los espíritus inmundos que Jesús lograba con su cariño y su capacidad de acogida. En nuestros días, los estudios antropológicos sobre chamanes y curanderos pueden ayudar a entender la literatura sobre los milagros de Jesús.

A pesar de que entre las multitudes el concepto de Reino de Dios suscitaba resistencia, al mismo tiempo que esperanza, Jesús obtuvo un enorme eco en Galilea y luego en Jerusalén. Las multitudes se sentían atraídas por su extraordinaria personalidad y por la autoridad de tipo carismático con la que hablaba. Entre todos los seguidores, y haciéndose eco de la restauración de las 12 tribus de Israel de las que habla el Antiguo Testamento, uno de los elementos más constantes de la escatología judía, eligió a 12, los nombró discípulos y, más tarde, los envió a difundir y a predicar por todo el mundo su Buena Nueva. La coherencia de su vida y la nobleza de sus enseñanzas hacen que todos los investigadores, creyentes o ateos, excluyan la posibilidad de que se trate de un farsante.

«El cristiano ha de ser el agente promotor de una cultura de la caridad, la justicia, la igualdad y la dignidad de las personas»

Todas las demás maneras de entender a Jesús, potenciadas por el éxito de la cultura pop en nuestros días, están envenenadas por la condición efímera y la caducidad. Muchas de esas imágenes de Jesús no son fruto de estudios concienzudos sino de una fábrica de sueños como el cine. Hoy, Jesús hace parte del universo desbordante de películas, revistas, escaparates y exposiciones, medios con una enorme capacidad de contar y de adaptarse a los tiempos. Casi todos tratan de presentarlo como un personaje anticonvencional que vino a transformar las condiciones de la vida y de las mentalidades al servicio del hombre nuevo. El mundo de nuestros días, que siente fascinación por lo mágico, lo teatral y lo festivo, multiplica las imágenes de Jesús, como de cualquier bien destinado al consumo comercial y emocional. Para mucha gente de hoy, Jesús es una star system más del cielo de los famosos más famosos de la Historia.

En esta cultura fragmentada y líquida se multiplican los mestizajes más diversos que afectan también a la imagen de Jesús, que cambia a un ritmo vertiginoso para responder a las demandas que llegan hasta él de diferentes lugares geográficos y culturales. Hay grupos adictos a los cambios que se forjan una imagen de Jesús para las diferentes situaciones y necesidades. Muchos están preocupados por la estetización del mensaje de Jesús; como un producto de la ética estética hipermoderna que tiene poco que ver con el mensaje de austeridad y pobreza del Nazareno; se trata más bien de una comercialización a ultranza de la figura de Jesús. El Jesús, familiar a miles de personas, es un producto de la hibridación estética, de la moda y el marketing. El culto a lo nuevo y a la expresión subjetiva remplazó a la revelación antológica.

Para muchos, la Navidad es un tiempo de tristeza porque le recuerda y le hace vivir con más intensidad las ausencias presentes de seres queridos. El hombre que no asimila las ausencias de los seres queridos que el tiempo va labrando siempre será un ser infantiloide, que dista mucho de ser un niño. La ausencia es un vacío que sólo puede llenar el recuerdo. La Navidad es un memorial, una referencia temporal que convierte en kairos, tiempo significativo, el kronos, tiempo normal. Además de ser social y lúdico, el ser humano es ritual. Originariamente, los regalos de Navidad significan la gratuidad del regalo que recibimos del cielo. A algunos les molesta que estos días la gente se desee felicidad, paz, amor, prosperidad. Aun en el caso de que fuera el único día del año en que esto ocurriera, mejor sería algo que nada. Los niños viven esto sin remilgos ni falsos razonamientos. Desgraciado del que no deja manifestarse, expresarse al niño que lleva dentro.

Jesús provoca una serie de preguntas a las que el antropólogo no puede contestar desde la antropología ni desde la simple historia, aunque ambas puedan atisbar indicios de que detrás de esta persona hay algo más que un simple hombre. ¿Se oculta algo detrás de esta humanidad fascinante? Para muchas marcas, para muchas multinacionales, para muchas instituciones, la estrella de la Navidad no es Jesús sino aquellos ídolos sociales que vehiculan sus intereses. Los creyentes confiesan una realidad que trasciende la Historia. La moderna teología dice que fe es creer en una persona que se convierte en el modelo de vida en la que se funden valores artísticos, sociales, filosóficos..., más que una moral. Tradicionalmente, la fe en Jesús-Hombre-Dios estaba ligada a una categoría hereditaria, a una herencia familiar y de comunidad; modernamente, es más bien fruto de una decisión personal, de la fe individual. La fe en Jesús, dicen los creyentes, ha de traducirse en un estilo de vida. El cristiano ha de ser el agente promotor de una cultura de la caridad, la justicia y la solidaridad, de la igualdad y la dignidad de las personas.

Los que creen en el mensaje original de la Navidad no se resignan a huir con el rabo entre piernas y dejar el campo libre a los que quieren hacer olvidar el origen y significado de la Navidad. Seguiremos celebrando la Navidad, memorial del nacimiento de Jesús, sin olvidar que el mundo cambia y que la manera de actualizar los acontecimientos también debe cambiar.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC, teólogo y escritor. Está a punto de publicar el libro El fútbol (no)es así.


jueves, 26 de marzo de 2015

Sobre el sacramento del perdón.





El sacramento del perdón


La esencia del sacramento del perdón es la toma de conciencia de nuestro pecado, de nuestro arrepentimiento y de nuestro compromiso de no volver a pecar. De esta manera acudimos a Dios para alcanzar su misericordia. Lo hacemos siendo conscientes de que el pecado es una manifestación de nuestro egoísmo que nos aísla, nos aparta del Amor debido a Dios, a nuestros semejantes y a nosotros mismos. Por ello pedimos a Dios que se apiade de nosotros y nos perdone en su infinita misericordia. El sacerdote es el testigo y notario de esa misericordia divina, del Amor de Dios y por eso solicitamos la absolución.

Son dos las maneras utilizadas en el sacramento para confesar nuestras culpas, arrepentirse y pedir perdón a Dios por haberle ofendido con nuestra conducta: la confesión individual que cada uno realiza ante el sacerdote y la confesión comunitaria celebrada de manera colectiva.

Cuando el peso de la culpa es de tal naturaleza o gravedad la persona se siente más liberada si lo hace individualmente confesando sus culpas a una sacerdote.

Por su parte, la confesión comunitaria tiene ventajas de orden psicológico para buen número de creyentes que la utilizan como medio más íntimo para solicitar la misericordia divina. Muchas personas piensan que la confesión individual explícita y obligatoria conlleva y exige la apertura de los pliegues más profundos de nuestra conciencia. Ésta es el recinto más sagrado de la persona, su propia esencia, algo nunca susceptible de ser hollado ni menoscabado, que debiera ser respetada por otras personas. El hecho de recibir la absolución individual no debiera ser óbice para que cada uno, guiado en una ceremonia comunitaria, reflexione sobre sus propias culpas y a su manera, en su intimidad, reconozca sus pecados, se arrepienta por ello y después, comunitariamente, solicite el perdón de los mismos. Finalmente el sacerdote, como testigo y notario de la misericordia divina, ante el reconocimiento del penitente de sus pecados y la petición del perdón, le imparte la absolución.

Todo ello, no iría en menoscabo de la confesión explícita hecha de forma individual y voluntaria, si la persona en concreto tranquiliza su conciencia haciéndolo de esta manera o quiera solicitar consejo al confesor como guía espiritual.

jueves, 5 de febrero de 2015

El Amor y el mundo.



Sobre el Amor y el mundo.


Dios es Amor, comunión de Amor. Es la fuente de todo Amor. El Amor es esa fuerza espiritual, ese impulso del Espiritu, sembrado en nuestro interior por Dios al crearnos, que nos dirige a hacer el bien para crear un mundo fraterno. Cristo nos enseñó, en plenitud, como hacerlo en la práctica. El Amor es la razón de la vida, de nuestra vida. Por el Amor nos santificamos.
El mundo está hecho por Dios de tal forma que sólo si el hombre actúa movido por el Amor podrá hacerlo habitable. De otra forma, si actúa movido por el egoísmo,se asentará sobre él el imperio del mal. La libertad sólo será de provecho para el hombre si la utiliza para hacer el bien. Es el compromiso bíblico simbolizado en el Arbol del Bien y del Mal.
El plan de Dios es un plan de Amor que busca nuestra felicidad interior. Yo prefiero llamarla nuestra serenidad interior, la única posible en este mundo. La felicidad tendrá su plenitud en la vida sobrenatural.
El hombre sólo puede aspirar a la felicidad si logra acceder al manantial de vida que brota de lo más profundo de su alma.
En nuestro tiempo, el camino hacia la santidad pasa necesariamente por el mundo de la acción (Dag Hammarskjöld).
El dolor humano sólo se entiende, a la luz del Amor, como camino de santificación y purificación. En el dolor de la Cruz se muestra el Amor de Dios en toda su dimensión.
El infierno representa la incapacidad definitiva del ser para el Amor. El condenado es el ser inútil para el Amor. El infierno es la nulidad del Ser (“Más le valiera no haber nacido” que dijo Jesús).
En el amor sincero y desinteresado se vislumbra la huella de Dios. El amor es camino de perfección.
La plenitud de la vida cristiana se consigue a través de la perfección del amor y santidad.
La familia cristiana constituye la fragua del Amor de Dios.
Don Bosco: “Lo único que hace que un chico se sienta amado y objeto de atención es estar con él, la amabilidad y la bondad”.
La vida es un don, pero puede convertirse en un mal si no se vive dándose, amando. El regalo más bonito que podemos ofrecer es trasmitir la alegría del Resucitado y la fuerza de la esperanza ante la tumba vacía. La vida en Cristo se vive desde dentro y no en la superficie; la alegría y la bondad son su reflejo.
La cruz sufrida por Jesús revela la voluntad de Dios de compartir con los hombres su vida, amor y santidad hasta el extremo.
Cristo representa la plenitud del Amor que Dios puso en lo más íntimo del corazón humano por obra del Espíritu Santo.

Dios y la oración



Sobre Dios y la oración.


La fuerza espiritual nos fue dada por Dios al crearnos y se refuerza y fortalece por la acción del Espíritu mediante la oración y la acción. No nos vanagloriemos de nuestra propia fortaleza pues ésta, en cualquier caso, se la debemos a Dios.

Mediante la oración abrimos nuestro corazón  y el Espíritu de Dios se reaviva en nuestro interior y nos transforma, santificando nuestros corazones, vivificando nuestras conciencias. La oración es la llama del Amor que actualiza nuestro compromiso bautismal. La oración nos alimenta espiritualmente y alienta nuestro espíritu si estuviere aletargado.  Abre nuestro corazón al Amor.

Nosotros contemplamos y oramos para re-crearnos a nosotros mismos y fortalecernos para actuar de un modo más activo y eficaz para gloria de Dios y provecho del mundo.

Conocer a Dios es conocer su Palabra a través de las enseñanzas de Cristo. Escúchala y medítala por medio de la oración y, luego, ponla en práctica en la vida diaria. Para encontrar a Dios debes empezar mirando en lo más profundo de tu propio Ser; luego dirige tu mirada a tu prójimo necesitado y sírvele. Allí encontrarás el rostro de Dios en tu hermano.

El retiro interior enseña a discernir y ayuda a crear y a profundizar en nuestros corazones ese silencio en el que se hace audible la voz de Dios. El silencio te acercará a Dios. Ama el silencio. Suprimimos el deseo de Dios, de su Amor, con multitud de deseos y placeres.

Dios nos habla en su propio lenguaje. El lenguaje del Amor. Amor que anida en lo más profundo de nuestro ser, a pesar de que muchas veces lo ocultamos con nuestros propios egoismos. Con el arrepentimiento volvemos a resucitar ese Amor dormido.

La religiosidad



Sobre la religiosidad.


La religión debe ser testimonio de vida, nacido de lo más profundo de nuestra conciencia, en un afán de dignificar nuestra vida. La liturgia y los ritos deben estar al servicio de ese testimonio, de esa Realidad que simbolizan. Lo contrario es una forma de idolatría, “opio del pueblo”.

"La verdadera religiosidad: El sentimiento más profundo y sublime del que somos capaces es la experiencia mística. Solamente a partir de ella brota la verdadera ciencia. El que es ajeno a este sentimiento, el que no puede admirarse y sumirse en un profundo respeto, ése está ya muerto en su alma.

El saber que existe verdaderamente lo que no puede ser investigado y que esto se revela como la suprema verdad y la belleza más resplandeciente, de las que nosotros sólo podemos tener un ligero presentimiento...este saber y este presentimiento son el núcleo de toda verdadera religiosidad." (Albert Eistein).

La religión responde a nuestro más profundo sentimiento espiritual y nos pone en comunicación con Dios, pero tiene el gran peligro (opio del pueblo) de ser el lugar donde se conservan y transmiten, de forma idealizada, los intereses humanos envueltos en las tradiciones que dan forma a la identidad de los colectivos humanos.