Sobre el cristianismo y la Iglesia.
San Pablo decía que el cristianismo había sembrado por el
mundo una Verdad que nada detendría porque se hallaba de antemano en lo más
profundo de las conciencias y que el hombre se había reconocido inmediatamente
en ella: Dios nos ha salvado a cada uno de nosotros (Bernanos en Diario de un
cura rural).
La Palabra de Dios, en este mundo, se nos ha manifestado en su plenitud a través de Jesucristo, su Hijo.
La Iglesia de Cristo es el vehículo de Dios para preservar su Palabra a través de los siglos. Debemos amarla, apreciar su santidad y virtudes, y tener misericordia con aquellos que no la tienen en cuenta con sus defectos manifestados en el pecado de egoísmo en todas sus formas.
La Iglesia de Cristo es el vehículo de Dios para preservar su Palabra a través de los siglos. Debemos amarla, apreciar su santidad y virtudes, y tener misericordia con aquellos que no la tienen en cuenta con sus defectos manifestados en el pecado de egoísmo en todas sus formas.
Seguir la Palabra quiere decir realizar la obra de Dios en este mundo con nuestras obras y la forma de hacerlo es amar a nuestros semejantes y a la obra creadora de Dios respetándola.
Por ello, no es concebible una Iglesia estática, personalista, encerrada en sus ritos. El cristianismo puramente privado y personal si no tiene una proyección social es falso o incompleto. Tampoco basta con ejercer un apostolado espiritual; es necesario un apostolado de transformación social, fiel al Evangelio, que evite la injusticia, el hambre y las carencias humanas de nuestro mundo. El cristianismo debe orientar el verdadero progreso a través de la dignidad de la persona humana.
Por ello, no es concebible una Iglesia estática, personalista, encerrada en sus ritos. El cristianismo puramente privado y personal si no tiene una proyección social es falso o incompleto. Tampoco basta con ejercer un apostolado espiritual; es necesario un apostolado de transformación social, fiel al Evangelio, que evite la injusticia, el hambre y las carencias humanas de nuestro mundo. El cristianismo debe orientar el verdadero progreso a través de la dignidad de la persona humana.
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