“Amar al mundo apasionadamente” (1)
Es un malentendido
orientar el cristianismo como algo solamente espiritual,
espiritualista, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se
mezclan en las cosas despreciables de este mundo, o a lo más, que
las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu.
Cuando se ven las cosas
de este modo, el templo se convierte en el lugar por antonomasia de
la vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al templo,
participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología
eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se presenta a
si mismo como antesala del cielo. La vida de la gracia pasaría,
pues, como rozando el ajetreado avanzar de la vida humana pero sin
encontrarse con él.
Esa es una visión
deformada del cristianismo.
Allí donde están
vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras
aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está vuestro
encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas materiales
de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos
los hombres. Hay un algo santo en las cosas más comunes.
Debemos apartarnos de la
tentación de llevar una doble vida: la interior, la vida de relación
con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida
familiar, profesional y social. ¡Que no! ¡Que no debe haber una
doble vida! Si queremos ser cristianos no hay mas que una única vida
hecha de carne y espíritu que la encontraremos en las cosas más
visibles y materiales.
Es, pues, lícito hablar
de un materialismo cristiano, un humanismo cristiano, que se opone
audazmente a los materialismos cerrados al espíritu.
Así pues, amad a Dios y
a los hombres poniendo vuestro amor en todas las cosas grandes o
pequeñas de vuestra vida ordinaria habitual. Dejaos pues, de sueños,
de falsos idealismos, de fantasías, de “mística pretenciosa” y
ateneos a la realidad más material e inmediata, santificándola, que
es donde está la esencia de lo que nos enseñó el Señor. Asimismo,
amad y respetad a la naturaleza como obra creadora de Dios, la cual
estamos obligados a preservar.
Todo esto nos lleva a
considerar que el Amor es la verdadera razón de la vida.
(1) Pensamientos
extraídos de textos
de San José María Escribá de Balaguer (1967).
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